09-sep-2007

LA MUJER Y LA DEPRESIÓN


Leí el artículo en “La Vanguardia”, 09/09/07, titulado “La Plaga del Siglo XXI”, por Esteban Hernández, en el cual se afirma que los anti-depresivos son el tercer medicamento más vendido en el mundo y que en los países occidentales, las mujeres sufren depresión con una frecuencia tres veces mayor que los hombres. Lo que me llamó la atención era que los expertos lo atribuyen a la interrelación de diversos factores, entre los que destaca el componente hormonal: “La mujer tiene una aguda sensibilidad, ya que ha de pasar por la menstruación (tensión premenstrual: mini depresión), la ovulación y las depresiones posparto (se da en más del 30% de la población), post aborto y de entrada en la menopausia”.

Lo que me sorprendió en este artículo era que el aborto (incluyendo la respectiva depresión post aborto) está considerada como un ciclo natural de la mujer, al igual que la menstruación y la ovulación. ¿No le parece escalofriante? Una vez más se puede constatar cómo la manipulación masiva, que empezó con los casos Roe vs. Wade y Doe vs. Bolton en Estados Unidos (1970), hace de los suyos cambiando la concepción del mundo y de una sociedad que sigue fielmente los padrones trazados por aquellos que laboran en favor de sus propios intereses... más información..

También me gustaría recalcar aquí que la depresión posparto no tiene razón de ser cuando el parto ocurre en armonía, en un lugar y un ambiente saludable, permitiendo a la madre recibir a su hijo con amor y devoción. Más bien pienso que los partos en los hospitales, con los excesivos tecnicismos y toda la parafernalia artificial de la ciencia médica, son los verdaderos causantes de la depresión posparto.

Es cierto que la madre, luego de un parto, entra en una fase de descanso y de “reequilibración”; pero ese periodo nunca debe terminar en la depresión, sino más bien, en alegría y en un acto de reconstrucción de su vida, a través de un acontecimiento tan importante y trascendental como el de tener un hijo... más información...


por Gilbert Bowé